Si revisamos los diccionarios de hace tan solo quince años podemos ver que “sostenible” equivalía a la capacidad de tener una economía saneada que se mantuviese en el tiempo, sin merma de sus recursos. Ni tan siquiera mencionaban, como hacen ahora, el término “medioambiente”. El nuevo significado que adquieren las palabras nos muestra un cambio de actitud, una toma de conciencia ante un fenómeno al que nos enfrentamos a escala mundial. Pero aún así, los diccionarios llevan un cierto retraso con respecto a la realidad social. No incluyen, por ejemplo, la palabra “Antropoceno”: la que vendría a ser la actual era geológica en la que habitamos y que nace con la primera Revolución Industrial. Es la primera en la que la huella del ser humano ha impactado de forma drástica en la naturaleza. El cambio climático o los fenómenos meteorológicos extremos son dos consecuencias, quizás las más graves, de un tipo de desarrollo depredador que solo ha buscado el crecimiento económico.

Para explicar esta nueva realidad, hoy empleamos un concepto más amplio, adoptado universalmente: el de Desarrollo Sostenible, aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas propias (definición del Informe Bruntland, 1987). Para ello, a las dimensiones económica y medioambiental ya mencionadas le debemos sumar la dimensión social y la de buena gobernanza (que exige paz y democracia). Y está en nuestra mano el añadir la cultural. 

Podemos constatar que cada vez más agentes y centros culturales se abren a tratar la temática e incorporan en su programación los desafíos globales que enfrenta la Humanidad como la crisis ecológica, las migraciones o las desigualdades. Para darnos visiones, compartir aprendizajes y conocer casos inspiradores, es importante reunir y comunicarse entre expertos nacionales e internacionales que vengan trabajando en las intersecciones entre arte, cultura y desarrollo sostenible desde distintos ámbitos (la gestión, la programación, las políticas culturales o el activismo).

Sin desarrollo sostenible, no hay futuro. Esto implica repensar nuestra manera de vivir en este mundo, significa replantearnos cómo hacemos las cosas y aceptar nuestra responsabilidad hacia las generaciones venideras. Sin duda, es un reto complejo, pero no imposible.

Los agentes culturales están deseando activarse y contribuir a hacer este mundo mejor, pero el desafío es inmenso y aún falta información y herramientas. Esta plataforma pretende empezar a rellenar esas lagunas y poner su granito de arena.

¡Somos muchos los que ya nos hemos decantado por la senda sostenible, pero necesitamos ser más!

Extracto del artículo de Marta García Haro «Impulsando una cultura más sostenible» publicado en la Revista Conectando Audiencias nº 12 Año 2017.